jueves, 24 de septiembre de 2009
DIQUE ABIERTO
DIQUE ABIERTO
Al fin escribo.
Desde la última vez que surqué esta niebla blanca
de la nada que espera a los pensamientos incautos,
he perdido un par de orejas
y algunos pendientes;
he afirmado y desmentido
una interminable y abominable
lista de falsedades auténticas;
me he dejado la piel y
(es posible que)
el instinto de lobo gris
entre las agujas
de las más altas copas
de los más altos pinos
de los bosques más pequeños.
Pero escribo.
(aún más), diría…
Sin tránsitos,
sin aranceles.
En solitario.
A la espera de órdenes.
Cuaderno de a bordo…
miércoles, 19 de agosto de 2009
(Se perdió "El Poeta") CÁLICES

RESERVÉ MI AMOR TANTO TIEMPO
He mordido tantas lunas
que las cuentas se han perdido
en un océano de caracolas blandas,
los cajones no pueden preñar más soledades,
y el jazmín se ha agostado en el pretil
de la tapia herida.
¡Reservé mi amor tanto tiempo!
Lo dejé crecer,
solitario,
a la sombra dulce de una hambrienta plegaria,
los gorriones circunvalaban su tallo lombardo
peinando, con sus plumas de invierno,
el gélido estandarte que alargaba la tiniebla
de una figura inerme.
Los julios se dejaron las carnes
entre las ampollas de mis dientes,
fruta
sin sabor ni bautizo,
huera
alberca de barro descocido.
¡Reservé, mi amor, tanto tiempo,
que los engranajes enmohecidos
enviaron embajadas a los aledaños
de mi huerta!
Pidiendo las sobras
de lo que no di,
rogando la limosna
de un aprecio ciego
a mis entendederas de hortelano
sin azada, ni torzales.
Solicitando la venia
para pasar una noche en la compaña
de esa amarga planicie
que encaja,
perfecta,
en la frontera aérea del ombligo rombo.
Te reservé mi amor, ¡tanto tiempo!
Y lo guardé en una concha de avellana.
Lo coloqué en la galería del ala norte,
para curtirlo con ciruelas
y sándalos en rama.
Fijé mis pupilas en el horizonte
y olvidé,
amor mío,
que había reservado un pedazo de noche
en un lecho de hierbas verdes
y lágrimas de rocío.
Tanto reservé
mi amor
que a punto estuve de perderlo
por no hallarte
a tiempo.
PENITENTIA
Alargadle la vela.
Dadle el cilicio y la pana,
que le espera el camino licántropo
con las fauces abiertas,
cobijo de nocturnidad
y alevosía,
sed de garra y soga,
de bulbo y mimbre,
de cuna y espanto.
Dejad que su pena expanda
los turbios trazos de los bosques negros,
que sus pies horaden las gavias de los guijarros,
permitid que el luto se aposente en las llagas
que nacen en la raíz del alba.
Sed clementes y volved vuestros rostros
a su paso.
No os refociléis como las hienas
con los despojos de los caídos.
Caridad.
Cada quien elige la cruz que se ajusta a sus costillas.
Cada cual forja su destino en el yunque de las decisiones.
Callaos,
suena un rumor de agujas en el sendero.
Es la hora de cerrar puertas y ventanas,
de apagar hogueras y candiles,
de cerrar los ojos,
de apretar los labios.
y cubrir el cuerpo con las
recias mantas de
un lejano noviembre.
Silencio.
Hay un ángel de cieno
que quiere pasar entre las casas de los durmientes.
BORRÓN Y CUENTA NUEVA
Un ramillete de nubes
se columpia en las antenas difusas
del horizonte urbano.
Pasan, como glóbulos,
los autobuses por la arteria de la avenida.
El sol pule con una bayeta de estaño
los parabrisas de los coches
(virus que infectan
el torrente cerúleo).
Amanece.
Es un día veinte,
la suma de dos decenas,
de cuatro lustros,
de cinco tetras,
y así,
múltiplos y cálculos
hasta que el ocho se recueste
y se torne de cifra
en infinito.
Tengo la agenda repleta
de sucesos por devenir
y aún me permito la lujuria
de espurriar palabras
con las lenguas que me crecen
en las manos.
No sé por qué, hoy,
quise contar lo que acontece ante mi balcón.
No veo ogros, batallas o galernas
que inspiren una oda o un soneto,
apenas puedo bautizar como estrofas
a esta sierra dentada de versículos
colgada en la vertical del margen.
Pero es que la vida,
de vez en cuando,
es causa y motivo
para ensalzar en una cuartilla
a la mañana que baña con su lumbre azulada
el tablero enlosado
de mi salón.
Voy a abrir las ventanas.
Quiero llenar de savia virgen,
con un ligero gusto de caldo asfáltico,
cada uno de los laberintos
que oculta el doble fuelle de mi pecho.
Vivir.
Abrir los ojos.
Amanecer al ritmo de mis jornadas de urbe.
Ya llegará el tiempo de las grandes epopeyas,
de los relatos de amor imposible,
de los países lejanos y de las reinas bermejas
con los brazos de hachas florecidos.
De las Alicias, de Oz y de Aquisgrán.
Pero no hoy,
que no,
que hoy no.
Hoy es el día de Sevilla,
del barrio del Porvenir
y la ruta del Bienandar.
Un tachón más en el almanaque,
una gota menos en la clepsidra,
un puñado de granos perdidos por el cuello
de un embudo.
Borrón.
Y cuenta nueva.
LOS ARRIATES DE MI CALLE NEUTRA
El Hada Madrina
me arrancó las encías
y con mis dientes descoronados
trazó una cruz de fuego
en la roca pulida que corona el calendario.
Vinieron los amigos
a exhortarme,
a decirme,
a regalarme admoniciones y recetas,
a darme palmadas en los hombros
y ósculos despegados en las mejillas ardientes.
El Consejo de Sabios
me pintó de verde,
tatuaron una luna nueva
en mi pecho deshinchado,
me asignaron un código de rieles,
inflaron bolsas
y vaciaron cubetas,
me contaron cuentos de Grim
de Kipling y Perrault.
Pero no pude dormir
a causa de las alucinaciones.
La Princesa dejó de estar hechizada
con el primer manotazo de un palafrenero ebrio.
Roció de Icor los vinagres de la despensa.
Saltó la reja con la ayuda de un almonteño
y vivió feliz cenando paloma frita en manteca de venado.
Un químico me explicó
que dos más dos suman uno coma, seis, dieciocho,
que la belleza reside en el interior
de las jarras de cerveza
y los amores marinos
no regresan a por más tatuajes.
Séneca se me presentó en sueños.
Charlamos sobre Roma
y sus aledaños,
acerca de la longitud exacta
de la Vía Aquitania,
de versos,
de arpones,
de arenas
y de caldos emponzoñados.
A las nueve y veintidós
del día posterior,
una modistilla recortó el hilo
de mi existencia.
Ni pavo ni turrones.
Por la gracia de Fortuna
soy herbívoro y diabético,
cariótico y sincrético,
filántropo y patético,
caucásico y esdrújulo.
Me han dejado en la estación
sin maletas y sin billete.
Una historia vulgar contrita en tres actos
y dos penitencias:
la del alumbre en la onomástica de César
y la del terreno que habrá de contaminar mi ceniza.
Escuálido, colérico,
enfático, maléfico,
sonámbulo, paupérrimo,
cenáculo y amnésico.
Y a las veintitrés del día presente,
presento mis respetos
a la concurrencia (de Phi)
y solicito, por caridad,
que no amputen tallos
ni planten semillas de sésamo
en los arriates de mi calle neutra.
EMANEMS
De colores.
Rojo, azul, marrón, hierba,
tintes de especias para el traje floreado.
Te presiento.
¿Puedo contar los lunares de tu espalda?
¿Me dejas convencer a Helios
para que no salga,
para que no rompa el hechizo
de esta noche?
Noche de suicidios consentidos,
el club de los suicidas ya muertos,
paráfrasis fílmica de una propuesta a deshora.
De colores.
Todo es de color.
Azules, albos, violetas, cerúleos.
Carne y blanco.
Algodón tejido con un huso
y una aguja sin ponzoña.
Es lo que veo.
Tu cuerpo dibujado,
tu piel iluminada,
tu sonrisa de fresa y nata,
corte de helado en el parque,
globo de helio en la mano,
palomas en los pies,
alas en las miradas.
De colores.
Todo,
absoluto,
el Todo, que es de color.
Con palmas o con bulerías,
Con Lole
o con Manuel.
Tú eres.
De color.
Mi color.
Mi piel.
Mi vida.
A LAS TRES
Si a las tres
soltaran las nubes un viento de gamuza
que sondara las aristas de la montaña,
si el vuelo de la garza se congelase
en una pose de cristal y escoplo
y el sol preñase el vientre de los eucaliptos;
si a las tres
vaciasen las parcas los calderos de la gruta,
si los conejos blancos pudieran recuperar las horas
que se quedaron en las páginas del cuento,
si los columpios
(a las tres)
brindasen su mejor elipse
a la barrera donde sueñan los emblemas y las coronas,
si el cielo se agrietara a las tres
para que nadie pudiera observar
las llagas de las huertas enfermas,
para que el filo pudiera romper su lengua
y transfigurarse en boca cálida,
para que las ciénagas
escupieran los secretos
sobre el dosel de los céfiros australes,
si a las tres en punto
pudiera trazar un arco de salvia
en el mantel de tus labios húmedos,
si pudiera,
si hubiera,
si quisieran,
si fuera a las tres,
despojaría de ataduras
mi cuerpo lacerado
y recorrería, desnudo, las calles oscuras
para encontrar tu alma
en un umbral secreto.
A las tres en punto
de la madrugada.
(Se perdió "El Poeta") PARAFINA

(Briznas de lo escrito allí)
ADORABA A MOZART
Supe
que las escalas tendidas al final del pasillo azul
no conducen a ninguna parte,
que son salidas imaginarias
porque la imaginación es la
única,
estricta,
promesa de un mañana apócrifo
que aún se adhiere a los rincones de estas galerías
de plomo y acanto.
Sonia.
Veinticuatro.
Siempre soñó con visitar la Cartuja de Granada
pero los albores de marzo se llevaron la cosecha de sus sueños
y plantaron una semilla de ecos ocultos
en el valle de sus senos.
Encaja las piezas
una a una,
extrayéndolas de su maletín negro.
Mango, asa, hoja,
piedra de afilar.
Y siega.
Ciega.
Nutre de carne nueva
las viejas grutas de la tierra seca
para que germinen almendros podridos
y gritos frescos.
Supieron
que el conducto de escape
estaba bloqueado por tornillos y aspersores,
que era una trampa,
una ironía amarga,
una broma de mal gusto,
demasiado tarde para retroceder
y quedaron atascados en el límite de una luz
que no es más cera porque no arde.
Juan Antonio
Cincuenta y dos.
Ella sigue segando gargantas
y no le importa.
No, no, no,
no le importa,
es su cometido,
su destino
y recibe veintinueve monedas de vómito
por cada trabajo bien hecho.
La que resta se la regala al barquero
para que alimente con brotes de geranios amargos
a la prole que será la estirpe de otros barqueros.
El ciclo infinito.
Lo correcto.
Supimos
que el verde no es color de la esperanza,
que es el color del duelo,
del ansia,
del viento helado que se arrastra por las cornisas,
de las flores y los bombones de oferta,
de las revistas y los telediarios,
de las monedas en la máquina
dispensadora de emisiones catódicas.
De la sangre muerta,
del vino rancio,
del ojo imposible,
de la luz desfigurada,
de las pesadillas,
tarantos y quebrantos.
Macarena, Arturo, Cristina, Ángela, Benito, Gabriel.
Y el Patrón de los versos amargos.
Una lágrima furtiva.
El goteo infalible.
Tubos y mascarillas.
Llaman a la puerta.
Es el Heraldo de los nuncios druídicos
que pasa lista.
La guadaña.
Cristina.
Diecisiete.
Ojos verdes.
Esparcirán sus cenizas
por los arrabales de Sevilla.
Adoraba a Mozart.
CONDENA
Me han juzgado en los tres tribunales,
en el de los cielos,
en el de las causas
y en el de los tiempos.
Tres sentencias pesan sobre mi cabeza,
tres borrascas bullen por las avenidas de mis esperanzas,
tres calles se cruzan en la plaza
donde siembro cada mañana
las flores de mis lacrimales.
En abril los campos amarillearán
con las estrofas de Machado,
Castilla será más árida
y mi casa estará repleta de huecos hambrunos.
Un ugandés duerme a la vuelta de la esquina
con una jarra de papel empapada en vino barato
por todo mobiliario
y se arrebuja cada noche en las sábanas de la desesperanza,
esperanzado en un amanecer imposible de papeles legítimos
y ofertas de ventas a plazos.
Cada vez que paso a su lado
me doy cuenta de que la miseria
habita en mí,
que el sol sale para todos
pero les ponemos filtros discriminatorios.
No doy de comer al hambriento,
nunca di de beber al sediento.
Jamás enseñaré a quien no sabe.
Porque soy el reo imperdonable
de mi propia conciencia,
el cordero que devorarán los pastores
en las noches de luna nueva,
el perro viejo que se muere en la calzada,
el reflejo de dios hecho carne putrefacta,
sangre corrupta,
semen impotente,
agua de mayo que no empuja las aristas de ningún molino.
La servilleta sin comensal.
El siervo de Judas Iscariote.
Y mientras el hombre duerme su sueño de vino tinto
yo paseo
cada noche,
cada tarde,
cada día,
con los bolsillos llenos de agujas
y los papeles de mi ejecución
entre el pecho desnudo
y la camisa de Carden.
¡Aleluya!
Se me han perdido los anillos.
DEUDA
Pase.
Deje las inclemencias del tiempo
en la bandeja de las llaves,
se han perdido algunas arandelas
y han desaparecido como por ensalmo
los dientes de un par de principales,
pero aún abren y cierran
determinadas puertas sin salida
déjelo todo
(dolor, rencor, malos recuerdos,
veranos extraviados, luces fundidas,
tiempos muertos,
vientos de leche,
arbotantes descolgados)
y acomódese en la sala.
Hoy, para cenar,
tenemos arpas y acebuches,
sopa de invierno al chantillí enclaustrado
con especias de guirnaldas exóticas
y, de postre,
silencios flambeados
con ron de garrafa en vasos de plástico.
Se preguntará usted por qué la he citado,
a qué se debe tal atrevimiento,
pero esa respuesta no se la daré antes de que las brujas
encajen sus caderas de pana en el falo doble
de las doce en punto.
Primero, los regalos:
cartas centenarias que nunca alcanzaron el destino
de un buzón anónimo,
enlazadas con esparto de martes santo;
viandas de hiel con huesos de aceitunas pardas
que vienen de parte de mi madre para usted
las coció esta misma tarde
en una marmita de truenos y centellas,
verá que están enmarcadas en una tartera
de fieltro granate,
recuerdo de familia
y mis entrañas.
Las ha disecado mi taxidermista de cabecera.
No son muy lustrosas
pero sirven perfectamente como perchero
para colgar sombreros de calzas altas.
La noto circunspecta
y ciertamente ojerosa.
No se atribule,
se lo ruego,
será cosa de dos milenios,
siglo arriba o siglo al medio.
Le pido perdón por morirme.
Créame si le digo que no me apetece demasiado
ser pasto de los gusanillos terrosos,
liendres y otras criaturas del fango.
Tal vez por ello
he testado que me sirvan asado,
vuelta y vuelta y poco hecho.
¿Se ha fijado?
Ni siquiera ha probado usted los entrantes
y ya he revelado mi secreto.
Mas ¡alea, alea!
¿qué podríamos hacer?
Le he dejado un paseo de adoquines,
dos cafés en la barra de un bar servido por peruanas,
una reserva en un italiano
para comer pasta con tenedor
y una mirada a escondidas
entre bultos y viajeros
que no habrá de repetirse.
Aguardiente quemado con azúcar y conjuros
y una mentira inmensa
que no sé donde ocultarla.
Le diré adiós con un ruego atado a las vocales:
mire al océano, navegue, ¡viva!,
pero, por favor,
no se convierta en espuma.
Es usted más mujer que sirena
y mi nave
no tiene más puerto que el de su memoria.
Suena la campana de la torre.
Brinde conmigo por aquellas noches
de vino amargo.
EL VERGEL IGNORADO
Tengo tu voz ensartada en un frasco
tallado por los vientos del sur.
Agua vertida en los moldes de una calle ignota,
de una puerta azul,
de unas persianas verdes,
lienzo blanco para el contraste de tu sombra lejana.
Regálame tu pañuelo, niña,
quiero secar el sudor de mi espíritu
y envolver una rosa negra
hasta que exhale su última espina
en las enredaderas del lino azucarado.
Quiero verte en la alcazaba,
morarte en el río,
beberte en el eco de los tambores
y de las banderas.
Pintar mi piel de verde y negro
para adornar las murallas de la mezquita.
Batallar contra los duendes
en el Vergel ignorado,
cultivar mi semilla en el plenilunio
de tus cauces.
Que me lleven los demonios,
que arrastren mis despojos por las simas
y los precipicios
si ha de ser ése el arancel
por escanciar tu boca en mi boca.
Que retumben los tambores de la madrugada
en las gargantas de los gallos
y que el ojo de los cielos
me sorprenda,
exhausto,
sobre el lecho impecable
de tu vientre moro.
Permite que sumerja la nave de mi vida
en el océano de tu mirada oscura.
Y que el Misericordioso
me arroje del paraíso,
si es su voluntad.
Ya nada me importa,
ya no sangran las llagas de mis manos
ni duelen los golpes de los verdugos.
Aceptaré el designio
si se me permite hurtarte
la fragancia que destila tu cuerpo arbolado.
Y llevarla, como a mi sombra,
por los caminos de los infiernos.
FANTASÍA EN TRES ACTOS
No olvides atar tus sandalias,
reponer los huecos de las cantimploras,
orear de polvo la cinta de tus cabellos,
atrapar el báculo con las manos desnudas,
la mirada en los volantes del camino,
la frente limpia de máculas y desguaces,
el alma presta a los unicornios,
intactos los sentidos,
pureza de márgenes para los cuadernos de viaje,
las plumas afiladas,
los tinteros despojados de oscuridades.
No dejes de caminar
aunque se agote la senda,
que las cordilleras no sean una muralla infranqueable,
ni los océanos inmensidades repletas de monstruos
y demonios.
Ahora démosles la vuelta a las negaciones.
Ríe con la clara bruma que se despega del lago,
sueña con ser alondra, águila, cóndor, colibrí,
y vuela en las barcas de los sueños engarzados
en una siesta de abril
bajo la sombra de un boabab milenario.
Mastica obleas de menta y mostaza
y reparte besos perfumados por las esquinas redondas
de las plazas cuadradas.
Toma café en un velador a las doce y cinco
e intenta adivinar los pensamientos que ocultan
esos ojos, parapetados tras de unas gafas de sol.
Gira.
Calcula la altura de los arbotantes
que habrán de sustentar la catedral de tus anhelos
y trenza un fino encaje en los capiteles
con alfabetos secretos,
que nadie sepa lo que siente tu alma envainada,
que sólo sus ojos sean capaces
de desvelar el misterio.
La mañana extendida.
La noche perfumada.
Y los dioses paganos
cerrando los garitos de los suburbios.
¡Ah! ¡Te entiendo!
¿Acaso deseas saber lo que quisieron decir
mis versículos?
Perdóname.
Pero las víboras de mi almohada
son las únicas Sibilas
que comprenden los desvaríos
de este autor con más minúsculas
que argumentos.
Papel en blanco.
Firme al dorso.
Sonó el despertador a las seis de la mañana.
Y nos quedamos dormidos hasta las once y dieciséis.
LA TECLA ROJA
No puedo marcar la clave,
desentrañar el misterio de los números prohibidos.
Gloria in excelsis deo
cantan los ángeles borrachos de mi barrio,
la luna se filtra por el estropajo
de un cielo sucio de glaucos.
Adela susurra un motete para cuerda y cilicio
a su niño imaginario.
A lo lejos,
un perro silba un desgarro de garganta parda,
y yo,
no puedo marcar la clave,
desentrañar el misterio de los números prohibidos.
Escribo un cuento de hadas
que devoran becerros dorados,
una historia de ogros enamorados de Palas Atenea,
una oda al cuarto oscuro
en el que brujos de polvo
celebran misas bermejas
y sacrifican telarañas de estannato
en honor de los chacales antropófagos,
una novela de indios y bereberes
que luchan por el poder de la serpiente enroscada.
Y no,
no puedo marcar la clave,
desentrañar el misterio de los números prohibidos.
No puedo contarte que me muero,
no puedo decirte que te amo,
no puedo darte el pabilo ni el aceite
para que alumbres el camino de la huerta.
Hace frío
y los querubes siguen cantando.
Me quedaré escuchando sus voces de ánfora
y marcaré,
una vez más,
la tecla roja que me apartará un centímetro más
de ti.
Ya sabes que nunca podré marcar la clave.
NOCTURNO EN FA MENOR (Chopin)
Un dactilar pulso que apenas presiente
la mano tibia,
que recorre el universo acotado
de blancas bajo negras.
Corcheas de añil
bañando las cuerdas de arpa
que el sol dibuja desde la claraboya
y que se materializan en el polvo,
ingrávido,
de la tarde desangrada.
Redondas pompas de jabón
manteniendo la nota única,
afilada,
aguijón de avispa
que penetra en la piel blanda de un lecho de pétalos
y destierros.
Fusas que escapan veloces
por el torbellino del sendero,
el que perdió los pasos
y el sentido de las tres dimensiones
para cabalgar eternamente
por el camino pentacular
de un febrero sumado
a otro gemelo mes de un indeterminado paisaje.
Semifusas arañando la superficie bruñida
de la solitaria campana,
para cantar un miserere
por el alma de los sueños difuntos,
para asegurar el eterno descanso de los tactos sonoros
que se tornaron sordos,
que perdieron la luz y quedaron ciegos,
que abrieron una brecha en la garganta
para albergar la mudez
y el silencio.
Mientras,
en la espera de un alba que no llega,
la decuria de unas yemas anónimas
siguen martilleando las tersas lianas de acero templado
para llorar sin palabras
un nocturno de nada
en clave de olvido.
Piano.
El que no cesa,
el imbatible piano
de caoba y sándalo,
seis octavas
desde mi médula
hasta la raíz más profunda del más profundo
de los siete infiernos.
Y la noche,
que se llena de estalagmitas
y centellas de heno seco
llora conmigo en cada acorde
que sobresale de la boca abierta
(hambrientas fauces)
de un piano negro,
tan negro
como la oscuridad que crece entre los valles
de mis ojos turbios.
Y DIOS EN LA TRASTIENDA (en memoria a un espacio perdido)

Te quise amante,
te quise niño,
te espié en las sombras
y las sombras
negras
me devolvieron un salpicón de tierra
cenicienta y
agua incontable.
Te dolí en las palmas
y tú me doliste en las esperas.
Conjugué el verbo de tu piel
en la sintaxis de mi boca.
Trencé una serpiente dactilar
en la selva de tus manos
y fuimos pecado público,
virtud secreta,
repugnancia en la plaza
y calor en el lecho.
Soy el tatuaje que florece en tu espalda,
la marca de nacimiento
que alumbra en tu ombligo,
tu párvulo
y tu esperma,
tu gozo
y tu placenta.
Alambre mineral
que busca el
esqueleto
pálido
donde engarzar sus uñas,
para cultivar el campo
gris
de las sienes
que desconocen los maestros del tiempo.
Te quise jugo,
te quise umbral,
te tuve eneldo.
Te amé.
Llamaron los civiles
y Dios en la trastienda
se quedó escondido
bebiendo pólvora y alcauciles
verdes.
lunes, 29 de diciembre de 2008
PORTACOELI (Puerta del Cielo)

PORTACOELI
(Puerta del Cielo)
A Joan, con toda mi admiración. En el recuerdo.
-¿Nombre?
-¿Perdón?
-Su nombre...
-Sí.
-Sí ¿qué?
-Pues... que sí. Que tengo nombre.
-¿Y es?
-Muerto, soy un muerto. O eso creo.
-¡Que me diga su nombre, imbécil!
-Sinfaltar.
-No le estoy faltando, es que estoy un poco atareado, usted lo comprenderá. Así, que, por favor: ¿podría decirme su nombre?
-Ya se lo he dicho.
-Me quiere usted tomar el pelo.
-No, oiga. Es Sinfaltar. Así me llamo porque me bautizaron y todo.
-¿Y qué clase de nombre es ese?
-¿Y yo qué sé? ¿Desde cuándo se les pide opinión a los recién nacidos sobre su nombre? ¿No ve que cuando me bautizaron aún no sabía hablar y no pude formular una protesta en tiempo y forma?
-Vale, vale... Creo que hoy va a ser un día muy largo. Veamos: dígame su nombre completo, si no le sabe a mal.
-Sinfaltar, todo junto.
-Eso ya lo he anotado. Lo que le pregunto es cual es su nombre completo con los apellidos.
-Sinfaltar Paraser Virle.
-O me dice sus apellidos o llamo a seguridad y aquí acaba el casting.
-Pero si se los acabo de decir: Paraser, por las partes de mi padre y Virle por las de mi madre. Vamos, que se lo juro por su santa memoria (la de mi progenitora, que debe estar en la gloria).
-Es usted huérfano de madre.
-No, soy difunto de la misma. Digo que debe estar en la gloria porque mi padre se lió con la de la panadería de la esquina y se largó con la interfecta una mañana de enero, va a hacer ya dos años de la fuga. Y como mi padre era un pellejo de vino con patas y un vago titulado por el ministerio de Hacienda, la mujer se puso a dar saltos de alegría cuando se enteró de la noticia y estuvo así hasta que se le gastaron las babuchas. Después se lió, extraoficialmente, con el cartero. El hombre nunca llamaba, ni siquiera dos veces.
-Quiere usted tocarme los huevos, está claro.
-En absoluto. Soy una persona educada y estoy instruido en las Sagradas Escrituras. Que yo sepa, los ángeles no tienen esos apéndices a los que usted se refiere. Imposible que tenga un servidor tan nefanda intención en la figura de vuecencia.
-No soy ningún ángel y usted me los lleva tocando desde que comenzamos esta entrevista. Me llamo Pedro.
-¿San Pedro? ¿El discípulo amado del Señor?
-No. Pedro Ximénez. Como el vino, pero con muy mala hostia. Y, o reconducimos el formulario, o se queda usted plantado en la sala de espera del Limbo hasta que a mí se me desinflen las narices. Osea: una eternidad. ¿Lo va pillando?
-A la primera, Don Pedro.
-Perfecto. A ver, estábamos…
-Sinfaltar Paraser Virle. Natural de Valdecabras del Cencerro, ciudad autónoma. Una historia muy larga, por si me va a preguntar Usía.
-No se me adelante que no hemos llegado a los datos postales todavía. Dígame la causa de su defunción.
-Accidente no laboral por exceso de espuma y falta de memoria.
-Explíquese o nos va a dar aquí el toque de clarín del séptimo ángel.
-Verá, es sencillo: esta mañana me levanté, como todos los días, con el canto del gallo (y eso que el pobre está ya bastante cascado y suena como una gata chica en celo) y me dirigí al cuarto de aseo. En mi casa no tengo cuarto de baño, momentáneamente, porque los albañiles están haciendo reformas y ya sabe usted lo que pasa, que si la obra durará dos semanas, que usted no se preocupe que aquí el Fulgencio y servidor somos unos profesionales como la copa de un pino y ni se va a enterar usted de que tiene operarios de la construcción en su casa, que esto es pan comido… pero luego llega el posyá, es decir: posyá que estamos aquí, esto será mejor sanearlo, porque usted no se habrá dado cuenta pero tiene las cañerías como las arterias de Freddy Mercury; que posyá que hemos saneado lo mejor es picarlo todo porque si no el suelo le va a quedar con más bollos que el Horno San Buenaventura; que posyá…
-Abrevie.
-Abrevio. El caso es que me metí en el aseo y, medio dormido, me embadurné la cara con espuma para el cabello en vez de utilizar la de afeitar. Se me coló en los ojos y escocía como su puta madre. Abrí el grifo sin acordarme de que los operarios de la construcción (que no sé si le he dicho, llevan ya casi cuatro meses en mi casa) me dijeron que iban a cortar el agua para conectar la tubería del baño a la general. Así que ciego y aullando de escozor salí al pasillo y busqué a tientas el interruptor de la luz, y en ese momento recordé que lo habían quitado para cambiarlo de sitio por no sé qué cosa que obstruía la nueva decoración feng shui que estaban diseñando para el loft en el que estaban convirtiendo mi pisito de sesenta metros cuadrados, zonas comunes aparte.
-Abrevie…
-Achicharrado, oiga. Con un peinado a lo afro y bailando un foxtrot como un afectado por la rabia asiática. Así mismito me quedé, Don Pedro.
-Me duele la cabeza… ¡Es usted único! ¿Está seguro de que fue un accidente? Porque si en vida daba usted la vara de esa manera a sus semejantes, no me extraña la idea del asesinato. A mí mismo se me ha pasado por la cabeza ya dos o tres veces en lo que llevamos de conversación. Y eso que está usted muerto y el plan es poco efectivo…
En fin, a ver si arreglamos el asunto rápidamente.
¿Ha rellenado ya el formulario de solicitud de acceso al Reino de los Cielos COELI-33-N?
-Sí señor.
-Pues siento decirle que la entrada al mismo está bastante restringida últimamente. Desde que llegaron los del Opus, esto de la vida eterna en el Paraíso Celestial se ha puesto bastante jodido, usted disimule por mi lenguaje.
-No se apure, Don Pedro. Yo me conformo con cualquier cosilla: tañedor de arpa, afinador de relámpagos de la ira divina, guardaplumas, blanqueador de alas o lo que Su Señoría crea menester.
-Es que, ahora que miro su ficha en la base de datos, me he dado cuenta de que no da usted el perfil.
-¿Cómo que no? ¡Don Pedro, por el amor de Dios! Si siempre he sido una persona recta y decente. Baste decirle que jamás en mi vida he votado a otra cosa que no fuera la derecha y no he faltado ni un solo domingo a misa.
-Sí, sí, lo sé. Pero no es suficiente… Si fuera usted banquero, Ministro, dictador pro Yanqui o algo así, no tendría problema en admitirle inmediatamente, pero los nuevos jefes no quieren almas sin un currículo intachable que las avale. La verdad es que esto estaba hecho un desastre: lleno de espíritus sin oficio ni beneficio, obreros, misioneros, activistas, ecologistas, voluntarios de oenegés y un montón de chusma que tenían petadito el Edén.
-¿Los nuevos jefes? ¿Y Dios qué dice?
-¡Oh!, eso… Verá: Dios se tomó un descanso allá por el siglo XI y lo dejó todo en manos de Jesús y de los apóstoles, pero como son judíos, al poco de irse comenzaron con las trifulcas: que si tú eres un gentil y no sé que narices haces aquí, que mira quién fue a hablar, el pescador más vago de la aldea que no se le ocurre otra cosa que ir a Roma para darse importancia con su martirio, que aquí el único que caló al Maestro fue Judas y después no tuvo huevos para seguir con la revolución y se ahorcó de mala manera… Total, que dejaron de hablarse entre ellos y dejaron esto manga por hombro. ¿Por qué cree usted que estoy yo aquí? ¿Por Santo? ¡Quia! Estoy porque me puso monseñor Escrivá para impedir que entrase más gentuza. Y se fijó en mí por mi mala leche, no lo olvide.
-¿Entonces?
-A ver. No es que yo crea que usted pertenece a esa ralea, pero compréndame, soy un mandao. Y no ponga esa cara, por favor, que algo se nos ocurrirá, hombre. Veamos, Don Sinfaltar (que no me acostumbro al nombre, caballero) ¿tiene usted experiencia como ectoplasma?
-¿Mande?
-Como fantasma, aparecido, ánima en pena…
No, claro que no, si acaba usted de llegar.
Pues mire. Podemos enviarle a vagar por un sitio bonito, hasta que esto se arregle y surjan nuevas plazas. Yo me comprometo a ponerle en un puesto alto en la lista de espera.
-¿Y en qué consiste eso de vagar?
-Pues la misma palabra lo indica: usted elige un lugar donde en vida se haya sentido a gusto y, de vez en cuando, se le aparece a algún parroquiano escéptico para que recapacite sobre esto de la vida eterna y el significado de la existencia terrenal.
-Pero es que yo he tenido una vida recta. Qué digo recta, ¡rectísima! Y he creído a pies juntillas todo lo que me han contado sobre el bien y el mal desde la cuna misma. ¿Es que eso no sirve de nada? Fíjese que servidor no ha dudado jamás de la existencia del Cielo ni de la del Infierno y ahora me veo aquí, charlando con el sustituto de San Pedro (no se me ofenda) y decidiendo si aparecerme en medio de la plaza de mi ciudad autónoma, que ya le digo que es una historia muy larga de contar, o en las Ramblas de Barcelona.
-¿Y por qué en las Ramblas? Por pura curiosidad.
-Porque no las conozco y ya, tanto me da el culo como las témporas, y usted disimule el exabrupto. Vamos, que ya que me aparezco prefiero hacerlo en un puticlú que en un confesionario. Que yo, de trabajar, hasta hartarme; pero de lo otro, ni probarlo.
-No, si le entiendo, le entiendo. Mmmm… Veo aquí que usted, en vida, ejercía de recepcionista.
-Sí señor. En el Hotel Puñonrostro. Dos estrellas con aire acondicionado en las habitaciones de categoría superior y paella los domingos en el bufé libre. Veintinueve años de experiencia tratando con todo tipo de gente. Ni una sola falta de asistencia durante ese tiempo. Y sin apenas vacaciones, por si le sirve de algo.
-Se me ocurre… que va a quedar vacante la plaza de la ventanilla de reclamaciones y no la quiere nadie. Por la calidad del trabajo, usted me entiende. Quien la regenta ahora es San Gregorio Ostiense, patrón de los sordos, pero quiere retirarse a una ermita como ectoplasma asceta. Dice que está hasta el báculo de tanta reclamación. Si no le preocupa el horario y teniendo en cuenta que a mí me alivia mucho que esa ventanilla funcione bien, a lo mejor usted…
-¿Yo? ¡Encantado, Don Pedro! Le estaría eternamente agradecido.
-No se embale que tengo que comentárselo a los jefazos. Pero con su perfil y lo coñazo que es usted, tiene muchas posibilidades. Eso sí: no se le puede colar nadie y tenga en cuenta que San Gregorio ha hecho un trabajo impecable todo estos siglos. El listón está muy alto, compañero.
-No les defraudaré Don Pedro. Si he sobrevivido a hordas de turistas ingleses borrachos, esto me parece pan comido.
-No se le suba el pavo que aún no es Nochebuena.
-Chitón.
-Una última cosa.
-Dígame.
-¿Ha leído “Camino”? El libro de San Josemaría.
-No señor.
-Pues zumbando a la biblioteca a por un ejemplar. Tiene que aprendérselo de corrido. Diga a San Jerónimo que va de mi parte.
-Estoy allí en un salto.
-¡Espere!
-¿Qué?
-Quítese la espuma de la cara, que parece usted un militante marxista saliendo de un mitin ateo.
-Gracias.
-Para eso estamos. ¡Y no se olvide de quién manda de verdad aquí! Ni se le ocurra mencionar los Evangelios, ni a Cristo, ni a San Dios Bendito. Si quiere consolidar su plaza, ya sabe: San Josemaría por aquí, la Obra, por allá y Camino, mucho, mucho Camino.
-No lo olvidaré.
-Más le vale, más le vale…
A ver, ¿por dónde iba?
Sí, la lista de recién llegados... Veamos: Humet i Climent, Joan Baptista (joodeeer… ¡con el día que llevo y me toca un rojo!).
¡EL SIGUIENTE!
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miércoles, 3 de septiembre de 2008
VIENTO DEL ESTE

Cuando roló el viento llegaron las moscas. Fue un giro suave, imperceptible. Diría, en un casi, que ladino. Porque las atrajo. Y se posaron en los arbustos, en las terrazas, en las fuentes, en las corolas de los parques, en los tapetes de hule, sobre cada una de las vidas e hicieron un nido bajo todas las miserias.
Pero no se dejen engañar: las velas de los barcos siguieron salpicando con motas triangulares el horizonte espermático del océano. Boyas y claraboyas ululaban o transpiraban, según su condición, fuera aquella de baliza, carril o frontera, o fuese ésta de solución barata para las paredes, con cinturón de castidad calizo, a las que no puede penetrar el dios Ra. Los aledaños se poblaron con distintas variedades de turistas en chanclas: tortilleros, choriceros, meloneros, gentes del pueblo en fuga sin permiso de fin de semana. Las paellas, aderezadas al estilo sureño, continuaron con su blop– blop en demanda de vigilancia permanente (por más que brille, el arroz siempre se pasa). Jaime abría su zampuzo de seis a cinco y servía banastas enanas de grasa frita sobre rectángulos dentados de estraza. Cerveza de barril en salmuera, aparte.
En este país de Siempre– También, la vida se transforma cada vez que el Macho Cabrío salta sobre las llamas que se encarnan sobre las pústulas de la primavera muerta, y un torbellino con aspiraciones de tornado del cinco comienza a aposentar su boca sobre las calles y las plazas, antes desiertas. Pero en sentido inverso. Escupe lampreas de carne blanco– amarillenta embutida en pellejos impresos con logotipos de nombre como Lacoste, Reebook o Niké (no sé por qué se empeñan en arrebatarle la tilde a la diosa estos esclavistas modernos de las finanzas textiles). Descuelgan los carteles que alquilan determinada información, que arriendan un teléfono o que, sencillamente, invitan al atraco consentido. Sin mano, sin Armada y sinvergüenza.
Lo cierto y verdad es que la veleta dio un giro de noseyó cuantos grados y abrió la tapa de Pandora – aquella niña cándida, caprichosa y vulnerable, como todas las mujeres (vayan más a Misa de Doce cada domingo, lean menos a Nietszche y se convencerán de que lo que digo no es una blasfemia) – y, en lugar de salir demonios, llegaron las moscas.
Hay un príncipe, una deidad babilonia, un Baal al que bautizaron con el nombre de Zeebub, que llegó a la ciudad en el autobús verde– oscuro de las doce treinta (reloj digital de veinticuatro horas, que no hay servicio nocturno de reparto). Bajó de su asiento mediano, clase turista, resguardo de ochoconveinte(ivaincluído), se ajustó su gorra desgastada, lustró con un escupitajo los lomos de sus botas baratas, se encajó unas Ray– Ban de segunda mano (modelo de pera– aviador) y aspiró una profunda bocanada de aire caliente aderezada con humo de pitillo negro.
Cuentan los amantes de las conspiraciones que Neil Armstrong no ideó, sobre la marcha, aquella famosísima frase de “este es un pequeño paso…” etcétera, sino que le obligaron a memorizarla, porque el tío aquel lo más elegante que había pronunciado en su vida, antes del alunizaje, fue una especie de piropo a una rubia platino que haría sonrojar de vergüenza ajena al mismísimo Pan en pleno concierto de flauta doble para cabrón y odalisca. Aseguran, también, que encargaron a Kubrik la filmación, en un estudio cinematográfico de Arizona (o Nuevo Méjico, que no me acuerdo), de la secuencia completa de la llegada humana a la superficie de Selene, por si acaso fallaba el intento chauvinista de los yankees y no pudieran izar la banderita de marras.
Nuestro fulano fue algo menos poético que el guionista de la NASA y, cuando plantó su cuarenta y cinco sobre el asfalto requemado, relajó uno de sus esfínteres y descargó los gases que le provocaba la Coca– Cola, a modo de saludo.
A todas las grandes personalidades se les recibe con bandera, banda, alfombra y desfile. A Baal– Zeebub le rindió pleitesía un batallón de cien mil moscas que no gustaban de la miel y que eran un grado menos estúpidas que las de la fábula ejemplar.
De repente, la gente comenzó a gesticular con las manos – como si de un limpiaparabrisas con dedos se tratase – ante las narices calientes, rojas, despellejadas y cansadas por la presencia de los insectos. Las propias. Únicas. Suyas. Límite de muchas entendederas.
De la noche a la mañana la casualidad se tornó en molestia, la molestia en invasión y la invasión en plaga. Allá por donde arrastraba su sombra el príncipe de los vaqueros sin marca, las kamikazes de las siestas cubrían con su borboteo alado cada resquicio húmedo, cada ventana adornada con geranios, cada cartel de marras amarrado a los barrotes de los apartamentos en ejercicio de prostitución.
De moscas se llenaron los platos llenos, los vacíos, las copas, las sombras, las sombrillas, la arena, los relojes de lo mismo, las estatuas de material derivado de lo anterior, los bustos expuestos a la infamia de los rayos ultravioletas; los bikinis, las toallas, los glúteos, los muslos, las cejas, bolsas, cestos, suelos, techos, vallas, vigas, lirios, candelabros y amatistas, piercigns, chanclas, gorras, céspedes, mañana y tarde, noche y día.
Roló el viento y llegaron las moscas. Como un aviso. Como una profecía, una catástrofe, un castigo, una venganza.
Algunos curas ociosos encargaron misas y convocaron procesiones para combatir la peste negra que asolaba la luminosa costa. Las televisiones, sin más noticias para abrir las bocas de los espectadores que el último apuñalamiento “doméstico” o la antepenúltima violación de una menor en los aledaños de un pueblo en fiestas, se lanzaron sobre el fenómeno volátil como águilas ávidas de serpientes tiernas.
Expertos en la materia hablaban del cambio climático como causa probable. Un par de científicos de guardia dijeron que el año había sido muy lluvioso y se perdieron en un galimatías lingüístico que dejó, literalmente, con la boca abierta al presentador de guardia estival. En un programa de radio, un grupo de videntes de la categoría ocho– cero– tres (uno con cuarenta y cuatro el minuto) dijeron que aquello era el inequívoco cumplimiento de la antepenúltima profecía de Nostradamus. El fin del mundo. La lluvia ácida. Experimentos ultrasecretos de los americanos. El castigo de Dios por el triunfo de la izquierda atea en las últimas elecciones. Blablería, en suma. Relleno de almeja. Mierda embotellada y etiquetada con códigos de barras de once dígitos.
Zeebub se divertía viendo y oyendo todas aquellas estupideces, mientras devoraba un bocadillo de mortadela barata con aceitunas de mentira, y regaba el bocado exquisito con una mezcla de tinto Don Simón y Casera de limón, sin hielo, en el zampuzo de Jaime.
El mundo no se acababa, quedaba mucho para eso. Dios estaba más muerto que el autor de aquella famosa sentencia y a su sucesor poco le importaba el destino de aquella panda de desgraciados que se dedicaban a defecar en los rincones de sus propias casas. Nostradamus bebió mucho en la época en la que compuso sus profecías (llegó a charlar con un dragón amarillo sobre el origen y el alargamiento de la cruz griega hasta altas horas de la madrugada, en una gélida noche de invierno).
La respuesta a la pregunta que se dibujaba en el aire era bien sencilla.
Los padres viajan con sus hijos cuando llegan las vacaciones (ecos del ¡Evohé! que cantaban las Bacantes); cuando sus parejas lo permiten por orden judicial o cuando no tienen “mucho trabajo” a las tres de la mañana entre los muslos de la secretaria.
Zeebub, simplemente, esperó a que el viento rolara de Poniente a Levante. No le sentaba bien el frío. Se tomó unas semanas de descanso y llevó consigo a su prole de moscas de las que, por cierto, era Príncipe, dueño, Señor y amantísimo padre.
Y si les pican, que se arrasquen, se dijo mientras terminaba el desayuno, al compás de los guantazos que Jaime se daba continuamente en el cuello.
Algo más tarde, la veleta volvió a girar sobre su herrumbroso eje y un autobús de color verde oscuro se tragó la figura escuálida de un mendigo que era el Rey de Todos los Callejones.
Las moscas, obedientes, siguieron al Jefe en busca de nuevos horizontes.
lunes, 1 de septiembre de 2008
DANTE, RAÍCES Y OTRAS EXTRAVAGANCIAS

DANTE, RAÍCES Y OTRAS EXTRAVAGANCIAS
Voy bajando por la escalera.
Es como un caracol
sin cuernos,
verde como el limo verde
que crece entre las juntas de sus losas pétreas.
La encontré por casualidad:
una tarde de julio mi alma se tropezó
con la raíz de un castaño seco.
Paseaba distraído pensando en esas cosas
en las que uno no confiesa que piensa.
Me hallaba infectado por una enfermedad
de pústulas y conjuntos de cuerda
que se enroscaba en mí
como una serpiente se enrosca
en un manzano.
Y fue así que al alzar la vista
vi la boca torcida de una cueva
que me invitaba a eyacular en su garganta.
Penetré en su lúbrica oscuridad
y he aquí que me hallo
bajando
y bajando
y bajando
por los escalones que son la glotis
de la negrura que habita bajo el castaño
(Eloísa está debajo de un almendro;
es otra especie que no viene al caso).
No sé cuantos círculos tiene el infierno
pero si no son siete los que ya he recorrido,
cerca ando de toparme con Virgilio.
Y lo más triste de todo es que no busco a nadie,
es tan solo mi alma la que se desvanece
por esta oscuridad cenicienta
camino de no sé dónde
hasta no sé cuándo.
jueves, 28 de agosto de 2008
DE CÓMO LOS SENTIMIENTOS ACAPARAN LAS HORAS

DE CÓMO LOS SENTIMIENTOS ACAPARAN LAS HORAS
Te odio
con las uñas, con los dientes,
con el alma misma;
tu voz se pudre en mi boca,
tu aroma es una costra en mi piel
que me empuja al fondo de la ciénaga
en la que reside el horror de la memoria.
Quisiera apuñalar
las cinco letras de tu nombre
con mi faca de plata,
a la luz de una luna verde
para, más tarde,
amputar mis arterias
con el filo de las hojas en las que está escrito
el romance gitano que te nombra.
Te odio tanto,
tan angustioso es ese sentimiento
que no puedo respirar
si no mastico rabia,
si no bebo espuma,
si no hinco los puños en las paredes indefensas
hasta que me sangran los adentros
y fluyen por el suelo embarrado
con la cal y las lágrimas
de la derrota.
Te odio
por no poder amarte,
por el imposible abrazo,
por los años perdidos,
porque el olvido
no quiere penetrar
en mis entrañas,
y el dolor es tan agudo
como aquel último beso
que nos dimos.
Y que no volverá
para calmar la sed de mi tristeza.
lunes, 4 de agosto de 2008
EL INVENTO

EL INVENTO
En un arranque de rara creatividad,
Dios inventó el seis.
Después de semejante esfuerzo
se tomó toda una jornada de descanso.
El Diablo jugaba al mus con los arcángeles
cuando recibió la noticia.
La lividez invadió el corte de sus facciones afiladas,
rugió y en la tierra reventaron mil volcanes,
se mesó los cabellos
y una plaga inmensa de langostas
azotó los campos de los plebeyos.
Un barco vikingo se quebró en dos frente a la costa
e inundó el arrecife de chapapote
(algunos llevan así toda la vida).
Lo que más alteraba al Príncipe de las moscas
era el hecho de que su rival
tuviera un toque de ingenio oculto.
Pensó y meditó hasta quedar calvo,
paseó arriba y abajo hasta tallar el Gran Cañón.
Algunos se aventuran a relatar
que de aquella rabieta surgieron los políticos.
Y tras de aquel arrebato sin precedentes,
finalmente, en un suspiro descuidado,
tuvo la idea más brillante
(que desde entonces es también la más vieja)
del mundo: aprovecharse del trabajo ajeno.
Así que miró el diseño original,
le dio la vuelta
y patentó el invento.
Había nacido el complemento,
el final de la rueda,
la cola de la serpiente.
El nueve.
El nueve que unido al seis generó
la más temible de las combinaciones.
Por eso yo, cada mañana,
siempre enciendo una vela a Dios.
Y un cirio al Diablo.
martes, 24 de junio de 2008
SOLSTICIO

SOLSTICIO
La llama sueña con las arenas del fin del mundo,
se despoja del humo blanco,
muerde la leña húmeda de sal
y caracolas,
agita su vientre tambor
expulsando una semilla de mandarinas
y alcauciles,
busca la preñez de la ceniza,
sueña con el beso moro,
canta estrofas de astillas
impresas en la partitura de las chispas ingrávidas.
La llama grita el conjuro de los seis demonios
y reza por las almas de los marineros muertos,
pide el deseo imposible
de unos labios carnosos,
el anhelo improbable
de unos senos brillantes,
pacta con la tierra
contratos de gloria contra muerte.
La llama,
lujuria encadenada a las piedras,
tiene dientes de cristal
que quieren morder las nalgas de los helechos,
sorber el pezón de los manantiales,
engalanarse en un lecho
sin prender las sábanas frescas,
abrir sus estructuras cambiantes
al envite del amor insomne,
aglutinar sus trompas quebradas
alrededor de la epístola en ariete
de su amado.
La llama
es pasión eléctrica,
dulce de Jueves Santo,
neblina entre los palios,
celo de amante enloquecida,
trenza de lenguas húmedas,
giro que impregna la arena,
pies descalzos,
enero cálido en tarde de junio.
La llama es pléyade cuajada de almizcles,
dama de fulgorosas ansias
que sólo pide la encarnación de una noche infinita
para abrazar,
celosa,
el pecho de su amado.

